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Homily | Español | September 13, 2026 | Letting Go Of Resentment (Episode 268)
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Hoy las lecturas nos recuerdan que, por ser de Cristo y haber recibido la abundante misericordia de Dios, estamos llamados a perdonar, no necessariamente olvidando la ofensa recibida, sino negándonos a dejar que controle nuestras vidas.
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El libro Ecclesiástico o Sirásida was escrito por un maestro de sabiduría judío de Jerusalén, preocupado por ayudar a las personas tocan con fidelidad su vida familiar orienta.
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This forms part of his enseñanzas about the relationship interpersonales, the amistad, the ira, and the peligro of permit that the resentimiento destruya nuestras vidas.
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The Ecclesiastico nos advierte that the ira convertirse fácilmente in algo a lo que nos aferramos.
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When nos sentimos heridos, podemos creer que tenemos todo el derecho a mantenernos enfadados.
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Revivimos el incidente, recordamos las palabras dichas contra nosotros, and a veces incluso imaginamos cómo podríamos vengarnos.
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Pero cuanto más tiempo nos aferramos al resentimiento, más empieza éste a controlarnos.
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Cada resentimiento que nos negamos a soltar se convierte en una carga que llevamos a cuestas.
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Cada rencor se transforma en un peso añadido.
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Cada vieja herida que vivimos y revivimos una y otra vez se convierte en una carga más.
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El mensaje central es sencillo perdona a tu prójimo por el mal que te haya hecho, así cuando ores, tus propios pecados serán perdonados.
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El pasaje no dice que el mal que se nos hizo fuera insignificante.
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Perdonar no es fingir que el mal nunca ocurrió.
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No es decir que la justicia ya no importa.
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No es negar el dolor producido por una ofensa.
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Perdonar significa negarse a dejar que la herida de ayer dicte el estado de nuestro corazón hoy.
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Significa soltar el peso muerto del resentimiento.
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El eclesiástico también nos pide que recordemos lo finita que es la vida.
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La vida es muy breve.
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Vale la pena cargar odio en el corazón durante tantos años.
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A veces la persona que nos hiere tal vez nunca pida perdón, pero aún así podemos elegir ser libres perdonando.
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Hay alguien cuyo nombre todavía despierta ira en mi corazón.
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Puedo presentar a esa persona ante Dios hoy y pedir la gracia de perdonar.
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Quizás el perdón no sea algo que pueda lograr en un solo instante, pero puedo empezar diciendo, Señor, estoy dispuesto a dejarlo ir, ayúdame a perdonar.
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Por otro lado, en el Evangelio de hoy, Pedro aliás a Cristo una pregunta que seguramente nosotros también nos hemos planteado. ¿Cuántas veces debo perdonar a mi prójimo?
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Pedro sugiere siete veces creyendo que es muy generoso.
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Jesús responde No siete veces, sino setenta veces siete.
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De esta manera Jesús nos está pidiendo que dejemos de llevar cuentas el mal.
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El perdón no es un cálculo matemático, brota la misericordia abundante que nosotros mismos hemos recibido de Dios.
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Luego Jesús relata la parábola del siervo que no quiso perdonar.
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Este siervo tenía una deuda inimaginable.
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Era una suma imposible de pagar en una sola vida, y sin embargo, el rey se la perdonó por completo.
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Luego ese mismo siervo salió, encontró a alguien que le debía dinero, una cantidad insignificante in comparación con lo que él debía al rey, lo agarró por el cuello y le exigió el pago.
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Pregunta ¿Cómo podía alguien a quien se le acababa de perdonar una deuda tan enorme mostrarse tan despiadado?
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Porque aunque su deuda había sido cancelada, su corazón no había cambiado.
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Y ese puede ser uno de los mayores peligros.
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Es posible recibir la misericordia de Dios sin permitir que ella nos transforme.
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Cada vez que acudimos a la confesión, hermanos, Dios nos dice que tu deuda queda perdonada.
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Cada vez que nos acercamos al altar, recibimos una misericordia que jamás podríamos merecer.
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La pregunta entonces es si esa misericordia se queda en nosotros or si fluye a través de nosotros hacia nuestro prójimo.
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A veces pensamos que al negarnos a perdonar, estamos castigando a quien nos hizo daño.
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But a menudo esa persona ya ni siquiera piensa en el incidente, mientras que nosotros seguimos cargando con él.
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Seguimos bebiendo el veneno del rencor esperando que la otra persona sufra.
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Esto afecta a matrimonios, familias, comunidades, incluso a la vida religiosa.
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Podemos sentirnos heridos por un superior, un cónyuge, un pariente político, un amigo, y cargar con ese dolor durante años.
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Los santos nos recuerdan que el perdón radical es posible.
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Santa María Gorete y San Juan Pablo II perdonaron a quienes los agredieron.
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Sus testimonios demuestran que el perdón no niega la gravedad del mal, sino que se niega permitir que el odio tenga la última palabra.
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El verdadero perdón no borra necessariamente el recuerdo.
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Es posible que siga recordando lo sucedido, pero poco a poco el recuerdo pierde su poder sobre mí.
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Puedo recordar sin odio, hablar de ello sin amargura y rezar por esa persona.
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And si esa persona necesita ayuda de verdad, puedo ofrecérsela sin reabrir la vieja herida.
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Quizás hoy debamos hacernos dos preguntas sencillas. ¿Qué resentimiento sigo arrastrando conmigo? ¿Qué nombre me viene inmediatamente a la mente al escuchar el Evangelio de hoy?
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Tal vez hoy no podamos perdonar por completo.
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Tal vez la herida sea todavía demasiado profunda, pero podemos dar el primer paso.
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Podemos llevar a esa persona ante Jesús.
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Podemos decir, Señor, todavía no soy capaz de perdonar, pero estoy dispuesto a llegar a estar dispuesto.
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Ese puede ser el comienzo del perdón de corazón.
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Amén.