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Homily | Español | June 21, 2026 | Faith Grows When You Choose Trust | (Episode 168)
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Las lecturas del día de hoy nos hablan de experiencias muy humanas: el miedo, el terror al rechazo, and the sensibility of soled in many of our luchas.
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Sin embargo, in fact, invitándonos a confiar en él y a vivir con valentía.
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The primer lecture nos presenta al profeta Jeremías, quien vivió a finales del siglo VII a Cristo.
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Una época en la que el Imperio Babilónico estaba en auge, en ascenso, y más bien Judea corría peligro.
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La misión de Jeremías fue advertirle al pueblo de Dios que se acercaba al juicio y que Dios iba a purificar a su pueblo.
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Esta advertencia no fue bien recibida porque, como bien sabemos, a nadie le gusta salir de su zona de confort ni ser corregido.
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Por ello, muchos líderes del pueblo y conocidos lo rechazaron, lo tacharon de alborotador y comenzaron a conspirar para deshacerse de él.
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Jeremías oye a la gente murmurar contra él, esperando que fracase.
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Jeremías se siente rodeado de miedo y traición.
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No obstante, en medio de esta situación dramática, exclama: Pero el Señor está conmigo como fuerte guerrero.
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Esta frase le infunde ánimo, le recuerda que no lucha solo.
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Por tanto, si en este momento te encuentras luchando por superar una tentación o una adicción, o te encuentras luchando por salvar tu matrimonio, por vencer una enfermedad, o por simplemente aceptar una situación que no puedes cambiar.
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Recuerda que en esa batalla también está Dios junto a ti.
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Él está a tu lado como fuerte guerrero.
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Jeremías no finge que la vida sea fácil.
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Él presenta su dolor ante Dios.
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Su ejemplo nos enseña que la fe no consiste en sentimientos agradables, sino en la decisión de confiar en Dios cuando la vida se vuelve dura.
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Este tránsito del miedo a la confianza, de la angustia a la alabanza, es el corazón de este pasaje de la Sagrada Escritura.
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Por tanto, preguntémonos cuándo fue la última vez que nos sentimos acorlados como Jeremías. ¿Cuál fue nuestra reacción? ¿Cómo hemos madurado en la fe desde entonces?
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Ahora bien, tal vez el miedo que experimentamos no provenga del exterior, sino más bien de dentro.
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Es el miedo de sentirnos incapaces, de creer que no estamos a la altura de la responsabilidad que Dios nos ha confiado.
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Nos podemos hacer las siguientes preguntas. ¿Cómo puedo hablar de Dios cuando mi propia vida está llena de incoherencias? ¿Cómo puedo invitar a los demás a la santidad cuando yo mismo lucho contra mis egoísmos, mis heridas, and mis propios pecados?
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A esto debemos responder que Dios nunca llamó a los perfectos.
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Si observamos el Evangelio, encontramos a Pedro el impulsivo y a Tomás el Incrédulo, Santiago y Juan buscando los puestos de honor.
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Y Jesús tuvo que expulsar siete demonios de María Magdalena.
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Y sin embargo, todos ellos pertenecieron a su círculo de confianza.
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Es que Cristo se equivocó al escogerlos.
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Disernió mal.
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No.
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La santidad, hermanos, no consiste en estar libres de fragilidad, más bien consiste en confiar más en la gracia de Dios que en nuestras propias fuerzas.
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Si permanecemos fieles a su gracia, Dios nos transformará gradualmente.
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San Francisco de Sales solía decir que la gracia es como la luz del amanecer.
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Cuando aparece, la oscuridad no se esfuma al instante, sino gradualmente, poco a poco.
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Existe, hermanos, también un tercer temor que Jesús destaca en el Evangelio de hoy.
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Él sabe que sus discípulos enfrentarán rechazo y oposición al dar testimonio de su fe.
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Jesús comprende que en esa situación muchos de nosotros luchamos contra distintos miedos, el miedo de ser juzgados, rechazados o incomprendidos.
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Y a veces cómodamente callamos nuestras creencias o valores para evitar incomodar.
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Pero Jesús nos recuerda que no tenemos que refutar cada argumento que se nos presenta, ni impresionar con nuestra capacidad de oratoria a todo el mundo.
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Él nos llama a confiar en Él, a proclamar el Evangelio con valentía y luego dejarle obrar.
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Él hará que nuestra predicación dé fruto y que ese fruto dure.
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Cuando Dios ocupa el centro de nuestra vida, el miedo comienza a perder su dominio sobre nosotros.
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Yo puedo dar fe de ello.
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Así que esta semana no dejemos que el miedo nos silencie.
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Hablemos, actuemos y vivamos nuestra fe porque nuestra voz es importante para Dios.
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Hoy le pedimos al Señor, a través de su Santa Madre, a la Virgen María, la gracia de no tener miedo.
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No porque seamos fuertes, sino porque Dios es fiel.
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No porque tengamos todas las respuestas, sino porque conocemos a Aquel que guía nuestra historia y que en el cualquier tormenta nos sigue repitiendo con ternura y firmeza, no tengan miedo.
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Amén.