Sermon
Homily | Español | July 12, 2026 | God Keeps Sowing Even On Hard Ground | (Episode 194)
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Queridos hermanos, para captar parte de la riqueza de esta parábola, vamos a centrarnos en dos elementos: el sembrador y la semilla.
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Esta parábola está llena de optimismo.
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La primera buena noticia es que todos los días el sembrador que es Dios sale a sembrar la semilla que es su palabra.
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Su entusiasmo no se agota, su generosidad no depende de las circunstancias de lo que vaya a encontrarse ese día.
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Días de sol ardiente, días nublados o lluviosos.
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No, él sale a sembrar todos los días, lo hará hoy y lo hará mañana y pasado.
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Ahora bien, aparentemente su entusiasmo raya con la ingenuidad, pues aparece en la parábola como un sembrador inexperto, que echa la semilla donde ésta no va a dar fruto, es decir, al borde del camino, en terreno pedregoso, entre espinos.
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Sin embargo, hermanos, no podemos concluir aquello, pues el sembrador es el mismo Dios y nada escapa a sus manos, y nada escapa a su conocimiento.
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No, nuestro Dios no es un sembrador desnortado, al contrario, es entusiasta, incansable y realista, ya que tiene presente dos cosas.
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Por un lado sabe del poder transformador de la semilla que esparce, que es su palabra, y por otro tiene la esperanza de que ese terreno pedregoso o lleno de espinas algún día se convierta en terreno fértil.
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Sabiendo esto, nadie podrá reclamarle y decirle: Señor, pasaste el largo y no me hiciste caso, no te dignas para decir tu semilla en mi terreno.
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No, como dice la Sagrada Escritura, la misericordia del Señor se renueva cada mañana.
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Más bien cada uno haga un cero examen de conciencia para saber cómo convertir su alma en terreno fértil, pues nuestro Dios sale todos los días a sembrar su palabra con esperanza, dedicación y paciencia.
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Detengámonos ahora en la semilla, que es la palabra de Dios.
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Dice la parábola que el resto cayó en tierra buena.
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A primera vista, parecería que la parábola al hablarnos del resto, nos está hablando del último puñado de granos que quedaron en la bolsa del sembrador.
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Pero si revisamos el Antiguo Testamento y leemos los profetas Isaías y Sofonías, vemos que esta expresión tiene un matiz particular.
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Esto nos habla del resto fiel de Israel.
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Y este resto tiene un poder tal que puede revertir todo lo que había salido mal hasta ese momento en la historia del pueblo elegido.
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Hermanos, nosotros estamos llamados a ser parte de ese resto fiel, como Santa María y San José, como Simeón, Zacarías e Isabel.
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Estamos llamados a ser parte de esa levadura que es responsable de renovar toda la masa de la Iglesia.
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Ante esto, alguno podría decir: esa tarea es demasiado ardua, sobrepasa mis fuerzas.
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Además, el mundo está herido de muerte.
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La bondad queda sepultada al borde del camino, las buenas iniciativas se secan pronto.
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La oferta de Dios parece ahogarse en medio del hedonismo y la superstición que campea.
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Y encima de todo eso, mi propia debilidad que no me deja avanzar.
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Ante este panorama, hoy el Señor nos dice: no desesperes, no decaigas, apóyate en mi gracia.
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El resto de tu vida puede compensar todo lo anterior.
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El resto de tu vida puede salir tan bien, pero tan bien que puede revertir todo lo que hasta el momento ha salido mal.
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Como nos dice C.
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S.
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Lewis, no puedes volver atrás y cambiar el principio, pero puedes comenzar donde estás y cambiar el final.
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Hermanos, existe una cosecha grande que se está gestando.
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La miés es abundante, pero los obreros son pocos.
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Animémonos a ser parte de ese resto fiel.
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El sembrador es el más experto y sagaz.
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La semilla es buena y esconde un poder nunca antes visto.
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Solo faltan corazones dispuestos que quieran dar fruto abundante.
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Sé uno de ellos.
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Amén.