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Homily | Español | July 26, 2026 | Solomon’s Prayer And The Search For The Real Treasure | (Episode 209)
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Las lecturas de este domingo nos invitan a plantearnos una pregunta trascendental. ¿Cuál es el mayor tesoro que buscamos?
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Tras la muerte del rey David, Salomón se convirtió en rey de Israel.
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Era joven e inexperto, y su ascenso al trono no había estado exento de tensiones políticas.
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En la primera lectura hemos escuchado que Dios le hace una promesa a Salomón.
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Pídeme lo que quieras que yo te lo daré.
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En lugar de pedir riqueza, una larga vida o la victoria sobre sus enemigos, Salomón reconoció sus limitaciones.
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Se describió a sí mismo como un muchacho joven, inexperto, no por su edad, sino porque reconocía que el encargo recibido superaba sus propias capacidades.
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Su petición fue singular.
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Pidió un corazón que sepa escuchar.
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En la Biblia, el corazón no es simplemente la sede de las emociones.
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Es el centro del pensamiento, de la toma de decisiones y de la voluntad.
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Salomón pide al Señor la capacidad de escuchar profundamente tanto a Dios mismo como al pueblo, para poder juzgar con rectitud y discernir entre el bien y el mal.
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Un punto de reflexión que surge de este pasaje es que la sabiduría no comienza hablando, sino más bien escuchando.
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Antes de convertir a Salomón en un rey sabio, Dios lo hizo primero un buen oyente.
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Su oración revela a un líder que conoce sus límites y busca la luz divina para servir bien a los demás.
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Hermanos, Dios nos invita también a nosotros a cultivar un corazón que sepa escuchar.
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Escuchar nos ayuda a serenarnos, nos libera de actuar impulsivamente y nos abre a la guía silenciosa de Dios.
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Irónicamente, Salomón perdió más tarde este don porque dejó de escuchar a Dios.
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Por tanto, ese pasaje también nos recuerda que la sabiduría no es algo que poseamos de una vez por todas.
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Es una elección diaria de permanecer atentos a la voz de Dios.
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La verdadera sabiduría no consiste tanto en tener todas las respuestas, sino en escuchar continuamente a aquel que las tiene.
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Quien escucha al Señor puede reconocer lo que es verdaderamente valioso.
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Por otro lado, en el Evangelio de hoy Jesús habla sobre el reino de los cielos a través de dos parábolas breves, el tesoro escondido y la perla de gran valor.
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En tiempos de Jesús, la gente solía enterrar sus objetos de valor en los campos porque no existían los bancos.
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Un comerciante, por otro lado, pasaba su vida buscando perlas valiosas.
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Aunque las historias son diferentes, comparten el mismo mensaje.
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Cuando las personas descubren algo de valor infinito, renuncian con alegría a todo lo demás para poseerlo.
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El reino de Dios es ese tesoro.
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Ahora bien, ¿cómo reconocemos el verdadero tesoro?
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Al igual que Salomón en la primera lectura, necesitamos un corazón que sepa escuchar.
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Solo un corazón que escucha a Dios puede distinguir lo temporal de lo eterno, aquello que simplemente nos atrae de lo que verdaderamente nos plenifica.
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Cada día, hermanos, elegimos nuestro tesoro.
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Algunos eligen la riqueza, otros la comodidad, otros el éxito.
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Salomón eligió la sabiduría.
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Hoy Jesús nos pregunta: ¿Qué eliges tú?
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Cuando aprendemos a escuchar a Dios cada día, descubrimos gradualmente que el mayor tesoro que podemos poseer no es algo, sino alguien, Jesucristo, nuestro Señor.
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Amén.