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Homily | Español | August 16, 2026 | The Canaanite Woman And The Prayer That Would Not Quit | (Episode 233)
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En el Evangelio de hoy, la actitud de Jesús hacia la mujer cananea puede desconcertarnos.
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Al principio, Jesús parece indiferente a la petición de esta mujer, luego lo responde con cierta dureza y finalmente le concede lo que desea. ¿Cuál es la razón de este comportamiento?
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Lo primero que debemos aclarar es que esta mujer no era judía, era pagana, una extranjera.
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Por tanto, para ella Jesús no era un profeta y mucho menos el Mesías, si es que alguna vez había oído hablar del Mesías.
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Para ella, Él era un sanador, un hacedor de milagros, una caja de soluciones capaz de resolver cualquier dificultad en la vida.
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Pero Jesús obviamente no quiere ser reducido a eso.
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Él no desea que nuestra relación con Él sea meramente convenida, utilitaria y superficial, como una especie de transacción, tal como renovar la licencia y conducir o hacer un depósito bancario.
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No, más bien Él desea que todo encuentro con su persona transforme la vida.
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Y esa es la primera razón por la cual Jesús no responde inmediatamente a la petición de esta mujer, sino que la conduce por un camino, por un proceso de conversión.
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A esto habría que añadir una segunda razón.
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Jesús sabe que aquello que se pide y se recibe rápidamente, muchas veces no se valora lo suficiente.
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En cambio, lo que se desea durante mucho tiempo y luego se recibe, se recibe con mayor alegría, se valora más, se cuida mejor y se le saca más provecho.
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En esta línea, San Agustín comenta lo siguiente: Cuando Jesús tarda en concedernos lo que queremos, aumenta nuestra capacidad de desear.
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Así nuestros corazones se ensanchan, se dilatan, de tal manera que no solo recibimos lo que deseamos, sino más de lo que pedimos y lo valoramos más.
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En el caso de la mujer cananea, Jesús no solo le concede un milagro de sanar a su hija, sino que también fortalece en ella tres virtudes la caridad, la humildad y la fe.
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En cuanto a la caridad, esta mujer no pide algo para sí misma, sino para su hija.
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Ella soporta dificultades, rechazo y hasta aparentemente indiferencia.
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La verdadera caridad lo supera todo.
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Como dice San Pablo, la caridad no lleva cuentas del mal.
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Sin duda, pues, esta virtud se afianzó en esta mujer.
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Respecto a la humildad, los gestos y palabras de la mujer cananea reflejan esta virtud también.
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Corre, se postra, pide sabiendo que no merece nada y persevera en su cometido.
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En esta mujer se cumplen las palabras del libro del Eclesiástico.
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La oración del humilde atraviesa las nubes y no descansará hasta llegar a su meta, hasta Dios.
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En cuanto a la fe, a lo largo de los evangelios encontramos que Jesús alaba la fe de pocas personas.
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La mujer cananea es uno de sus casos aislados.
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Pregunta: ¿No te gustaría ser una de esas personas a las cuales Dios alaba su fe?
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Hoy pidamos al Señor que Él aumente nuestra fe, que Él haga semejante a la de esta mujer pagana, quien conmovió su corazón y obtuvo lo mejor para ella y para su hija.
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Y por último, una aclaración.
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Jesús dijo a la mujer cananea: grande es tu fe.
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Esta respuesta nos plantea una pregunta profunda: ¿Puede nuestra fe cambiar el parecer de Dios?
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El Evangelio parece presentar a Jesús pasando de rechazar la petición de la mujer a conceder lo que pide.
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Sin embargo, debemos tener cuidado de no imaginar a Dios como alguien a quien hay que persuadir para que sea misericordioso.
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Dios es misericordia.
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La oración no manipula a Dios.
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La oración más bien nos abre a Él, nos abre a recibir lo que Él quiere darnos.
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A veces la oración implicará abandono y a veces insistencia, lucha con Dios, como cuando Jacob lucha con Dios y obtiene lo que desea, pero también abandono, como cuando Jesús ora en Getsemaní y se deja vencer por la voluntad de Dios, su Padre.
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Por tanto, hermanos, coloquemos delante de Dios nuestros deseos más profundos.
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Digámosle, Señor, esto es lo que deseo desesperadamente, pero finalmente lo pongo en tus manos, que sea tu voluntad.
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Terminemos esta reflexión con las siguientes preguntas.
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Cuando Dios parece guardar silencio, persevero en la oración.
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Cuando experimento que soy indigno de Dios por las fallas que he cometido, dejo a un lado mi falsa humildad, que en último término es orgullo, y me acerco a Él.
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Y al igual que yo me he beneficiado de la misericordia de Dios, permito que otros también la reciban.
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No actuemos como lo hicieron los apóstoles en el Evangelio de hoy.
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Recordemos que la mesa de Dios que contiene sus gracias es más grande que la nuestra, que su misericordia es más grande que la nuestra.
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Es eterna.
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Amén.