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Homily | Español | August 16, 2026 | The Canaanite Woman And The Prayer That Would Not Quit | (Episode 233)

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  1. En el Evangelio de hoy, la actitud de Jesús hacia la mujer cananea puede desconcertarnos.

  2. Al principio, Jesús parece indiferente a la petición de esta mujer, luego lo responde con cierta dureza y finalmente le concede lo que desea. ¿Cuál es la razón de este comportamiento?

  3. Lo primero que debemos aclarar es que esta mujer no era judía, era pagana, una extranjera.

  4. Por tanto, para ella Jesús no era un profeta y mucho menos el Mesías, si es que alguna vez había oído hablar del Mesías.

  5. Para ella, Él era un sanador, un hacedor de milagros, una caja de soluciones capaz de resolver cualquier dificultad en la vida.

  6. Pero Jesús obviamente no quiere ser reducido a eso.

  7. Él no desea que nuestra relación con Él sea meramente convenida, utilitaria y superficial, como una especie de transacción, tal como renovar la licencia y conducir o hacer un depósito bancario.

  8. No, más bien Él desea que todo encuentro con su persona transforme la vida.

  9. Y esa es la primera razón por la cual Jesús no responde inmediatamente a la petición de esta mujer, sino que la conduce por un camino, por un proceso de conversión.

  10. A esto habría que añadir una segunda razón.

  11. Jesús sabe que aquello que se pide y se recibe rápidamente, muchas veces no se valora lo suficiente.

  12. En cambio, lo que se desea durante mucho tiempo y luego se recibe, se recibe con mayor alegría, se valora más, se cuida mejor y se le saca más provecho.

  13. En esta línea, San Agustín comenta lo siguiente: Cuando Jesús tarda en concedernos lo que queremos, aumenta nuestra capacidad de desear.

  14. Así nuestros corazones se ensanchan, se dilatan, de tal manera que no solo recibimos lo que deseamos, sino más de lo que pedimos y lo valoramos más.

  15. En el caso de la mujer cananea, Jesús no solo le concede un milagro de sanar a su hija, sino que también fortalece en ella tres virtudes la caridad, la humildad y la fe.

  16. En cuanto a la caridad, esta mujer no pide algo para sí misma, sino para su hija.

  17. Ella soporta dificultades, rechazo y hasta aparentemente indiferencia.

  18. La verdadera caridad lo supera todo.

  19. Como dice San Pablo, la caridad no lleva cuentas del mal.

  20. Sin duda, pues, esta virtud se afianzó en esta mujer.

  21. Respecto a la humildad, los gestos y palabras de la mujer cananea reflejan esta virtud también.

  22. Corre, se postra, pide sabiendo que no merece nada y persevera en su cometido.

  23. En esta mujer se cumplen las palabras del libro del Eclesiástico.

  24. La oración del humilde atraviesa las nubes y no descansará hasta llegar a su meta, hasta Dios.

  25. En cuanto a la fe, a lo largo de los evangelios encontramos que Jesús alaba la fe de pocas personas.

  26. La mujer cananea es uno de sus casos aislados.

  27. Pregunta: ¿No te gustaría ser una de esas personas a las cuales Dios alaba su fe?

  28. Hoy pidamos al Señor que Él aumente nuestra fe, que Él haga semejante a la de esta mujer pagana, quien conmovió su corazón y obtuvo lo mejor para ella y para su hija.

  29. Y por último, una aclaración.

  30. Jesús dijo a la mujer cananea: grande es tu fe.

  31. Esta respuesta nos plantea una pregunta profunda: ¿Puede nuestra fe cambiar el parecer de Dios?

  32. El Evangelio parece presentar a Jesús pasando de rechazar la petición de la mujer a conceder lo que pide.

  33. Sin embargo, debemos tener cuidado de no imaginar a Dios como alguien a quien hay que persuadir para que sea misericordioso.

  34. Dios es misericordia.

  35. La oración no manipula a Dios.

  36. La oración más bien nos abre a Él, nos abre a recibir lo que Él quiere darnos.

  37. A veces la oración implicará abandono y a veces insistencia, lucha con Dios, como cuando Jacob lucha con Dios y obtiene lo que desea, pero también abandono, como cuando Jesús ora en Getsemaní y se deja vencer por la voluntad de Dios, su Padre.

  38. Por tanto, hermanos, coloquemos delante de Dios nuestros deseos más profundos.

  39. Digámosle, Señor, esto es lo que deseo desesperadamente, pero finalmente lo pongo en tus manos, que sea tu voluntad.

  40. Terminemos esta reflexión con las siguientes preguntas.

  41. Cuando Dios parece guardar silencio, persevero en la oración.

  42. Cuando experimento que soy indigno de Dios por las fallas que he cometido, dejo a un lado mi falsa humildad, que en último término es orgullo, y me acerco a Él.

  43. Y al igual que yo me he beneficiado de la misericordia de Dios, permito que otros también la reciban.

  44. No actuemos como lo hicieron los apóstoles en el Evangelio de hoy.

  45. Recordemos que la mesa de Dios que contiene sus gracias es más grande que la nuestra, que su misericordia es más grande que la nuestra.

  46. Es eterna.

  47. Amén.