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Homily | Español | August 30, 2026 | God Uses Our Hardest Seasons To Grow Love | (Episode 251)
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Queridos hermanos, todos experimentamos luchas, decepciones y momentos en los que sentimos ganas de rendirnos.
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Hoy Dios nos invita a través de las lecturas a ver estas cruces no como el final de nuestro camino, sino como oportunidades para crecer en fe, valentía y amor.
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La primera lectura nos presenta el profeta Jeremías, quien vivió durante un periodo difícil de la historia de Judá, cuando Babilonia se estaba convirtiendo en una amenaza poderosa y Jerusalén enfrentaba una crisis política y religiosa.
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En este contexto, Jeremías es llamado por Dios para advertir al pueblo sobre su infidelidad y la destrucción inminente.
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Como su mensaje era impopular, fue objeto de burlas, golpes y maltratos.
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En el pasaje de hoy, Jeremías abre su corazón ante Dios.
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Se siente engañado, rechazado y cansado.
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Incluso piensa en abandonar su ministerio profético, su propia vocación, pero luego afirma que la palabra de Dios es como un fuego que no puede contener en su interior.
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El llamado de Dios es más fuerte que su desánimo.
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Hay algo extrañamente reconfortante en este pasaje.
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Tener fe no significa que nunca nos sintamos cansados, enojados o desanimados.
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Jeremías presenta una frustración y decepción delante de Dios.
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Su propia queja se convierte en oración.
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Nosotros, como Jeremías, también podemos sentir a veces ganas de rendirnos, especialmente cuando nuestros esfuerzos parecen pasar desapercibidos o ser rechazados.
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En esos momentos transformemos nuestro desánimo en oración y mantendremos la fe, confiando en que Dios está con nosotros incluso cuando el camino es difícil.
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Por otro lado, en el Evangelio de hoy Jesús dice a sus discípulos que debe ir a Jerusalén, sufrir, morir y resucitar.
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Pedro no puede aceptar esto.
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Ha reconocido a Jesús como el Mesías, pero tiene una idea diferente de lo que el Mesías debería hacer.
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El Mesías no debería sufrir.
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Por eso Jesús le dice, Pedro, tú no piensas como Dios, sino como los hombres.
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Pedro no es necesariamente una mala persona, de hecho, ama a Jesús.
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Su error es que no puede imaginar que el plan de Dios pueda incluir el sufrimiento.
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Y para ser sinceros, eso también nos sucede a nosotros.
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Pasa por nuestra mente.
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A veces nuestra oración no es realmente, Señor, muéstrame tu voluntad, sino, Señor, bendice el plan que ya yo he trazado.
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A menudo pensamos que si Dios nos ama, nuestras vidas deberían estar libres de sufrimiento.
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Pero Jesús nos muestra que el sufrimiento puede formar parte a veces del camino del amor, la fidelidad y de la madurez.
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La muerte repentina de un familiar puede hacer que un joven vea la vida de otra manera.
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El fracaso puede enseñarnos la virtud de la humildad.
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Cuidar a un padre enfermo puede profundizar la compasión.
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Defender a alguien que sufre una injusticia puede conllevar sacrificio.
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Ninguno de estos sacrificios empequeñe la vida, al contrario, engrandecen el amor.
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Si el Hijo de Dios recorrió el camino de la entrega, ¿por qué imaginaríamos que existe otro camino para sus discípulos?
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Luego en el Evangelio Jesús nos invita a cargar nuestra cruz.
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Muchos malinterpretan esto.
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Una cruz no es simplemente algo que incomoda, como esperar en línea que te atiendan en un restaurante.
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Es aquella parte áspera de tu vida que Dios permite y que te exige amar cuando amar resulta difícil.
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Puede tratarse de una enfermedad, una relación rota, un matrimonio complicado o esos sacrificios ocultos que nadie más ve.
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Esos son los lugares donde Cristo se encuentra con nosotros de manera más profunda.
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Jesús plantea luego una pregunta desafiante. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si pierde su propia vida?
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Esa pregunta merece que resuene en nuestros corazones. ¿De qué sirve alcanzar el éxito y tener una carrera maravillosa si descuida mi familia? ¿De qué sirve la riqueza si no la comparto con los demás? ¿De qué sirve la popularidad si pierdo mi integridad? ¿De qué sirve ganar todo lo que este mundo ofrece si llego ante Dios con las manos vacías?
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Una vida con sentido no es necesariamente una vida cómoda.
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Jesús nos pide mirar más allá, encontrar un significado distinto para la palabra vida.
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No todo lo que parece atractivo, exitoso, nos acerca necesariamente a Dios.
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Aquí reside la esencia del discernimiento ignorano, que hace que demos un salto de preguntarnos: ¿qué quiero yo? ¿Ahacia dónde me está guiando Dios con todo lo que está sucediendo en mi vida?
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Quizás eso es lo que Jesús pide que nos preguntemos hoy.
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Puede que hayas caído, que te hayas tropezado, puede que estés cargando una cruz inmensa, puede que te sientas cansado como Jeremías.
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Puede que no comprendas el plan de Dios como Pedro.
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Pero no te rindas.
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Levántate, siga adelante y pregúntate hacia dónde me está guiando el Señor.
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Porque la historia cristiana no termina en la cruz, termina en la resurrección.
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Amén.